En esta columna de opinión, Ricardo E. Partal Silva, presidente de la Organización Mundial de Ciudades y Plataformas Logísticas (OMCPL), presidente del Observatorio Mundial de Logística Preventiva (PLO) y CEO de Integración Empresarial por los Corredores Bioceánicos, plantea que el sistema logístico no necesita más parches de adaptabilidad, sino una reingeniería profunda.
El puerto no duerme, pero bosteza de cansancio. En el horizonte, los buques portacontenedores parecen piezas de un rompecabezas que alguien agita sin parar. Ya no se trata de "fluir"; ahora se trata de sobrevivir a la enésima "disrupción sin precedentes".
Hubo un tiempo en que la palabra resiliencia sonaba heroica, casi poética. Era el superpoder de los directores de cadena de suministro para doblarse sin romperse. Pero tras años de pandemias, guerras en canales estratégicos, bloqueos climáticos, apoderarse se los insumos energéticos (petróleo, gas, tierras raras, litio) y crisis de microchips, el término ha perdido su brillo.
En las oficinas de logística, la resiliencia ya no es una estrategia: “es una condena al estado de alerta permanente”. Reps
Detrás de cada algoritmo de optimización hay un operador de tráfico que ya no recuerda qué es un día normal. El mundo logístico entró en una fase de fatiga por adaptación.
La infraestructura global, diseñada para la eficiencia del Just-in-Time, está siendo forzada a operar en un modo de "emergencia perpetua". No se puede pedir a un sistema que sea elástico para siempre; la física -y la paciencia- dictan que todo material, después de mucho estirarse, termina por perder su forma original o, simplemente, romperse.
Lo más irónico es que tenemos ¡más datos que nunca! Satélites que rastrean cada contenedor en tiempo real y modelos de Inteligencia Artificial que predicen tormentas antes de que se formen las nubes.
"Sabemos exactamente dónde está el problema, pero el problema es que, el problema es constante". (Aquí cabe muy bien la redundancia).
La tecnología nos da la vista, pero no nos da el descanso. La logística moderna se ha convertido en una carrera de obstáculos, uno tras otro. El mundo logístico ya no da más de "adaptaciones resilientes" porque el parche se ha vuelto el uniforme. No se puede vivir en una crisis constante y llamarlo "nueva normalidad".
Está llegando el momento en que la cadena de suministro deba dejar de intentar aguantar impactos para empezar a rediseñar. Quizás la solución no sea ser más resilientes, sino ser menos vulnerables: cadenas más cortas, menos dependencia de puntos ciegos globales y, sobre todo, aceptar que el sistema actual ha llegado a su límite elástico.
El primer gran eslabón, el transporte marítimo, es el termómetro de este agotamiento. Los océanos, que antes eran autopistas fluidas, se han transformado en cuellos de botella geopolíticos. Ya no basta con sortear tormentas naturales. Ahora, los buques deben esquivar conflictos bélicos en el Mar Rojo, Ormuz, Suez…; sequías históricas en el Canal de Panamá o huelgas portuarias que paralizan continentes. Cada vez que un portacontenedores debe desviar su ruta rodeando el Cabo de Buena Esperanza, no solo se pierden días; se queman toneladas de combustible extra y se disparan las pólizas de seguro. O, se especula, se abusa, se juega al mejor postor, para obtener un cupo de paso rápido por el Canal de Panamá. Un Costo muy elevado par una adaptación es constante.
La temática de inventario cero va en vías de perecer. Las navieras están forzadas a pasar de la eficiencia pura a la redundancia costosa, una transición que el acero y el combustible no siempre pueden sostener. Con ello, el “Just-in-Time” llega a su límite.
"Navegar hoy no es una cuestión de logística, es un ejercicio de supervivencia diaria donde el plan B ya necesita un plan C y opcionalmente un plan D."
Parafraseando un poco; si el transporte marítimo es el tronco del árbol, la última milla es la punta de la rama; la más visible, la más frágil y la que más presión recibe del consumidor final.
Sabemos que el consumidor moderno no quiere esperar. Esta demanda ha empujado a las flotas terrestres a un estado de hiperactividad frenética. Las ciudades están saturadas de furgonetas, vehículos de menos talla, que luchan contra regulaciones ambientales cada vez más estrictas y una infraestructura urbana que no fue diseñada, ni siquiera, para ser un almacén rodante. Se le exige al repartidor que sea más rápido y sostenible que nunca, pero que lo haga en vehículos eléctricos (cuya infraestructura de carga es aún precaria) y sin molestar el tráfico.
Detrás de cada algoritmo de optimización hay un conductor enfrentando el agotamiento. La "resiliencia" en la última milla ha recaído sobre los hombros de trabajadores que ya no pueden estirar más las horas del día.
¿Qué decir de la infraestructura? ¡mejor nada! Al menos en este articulo ya que nos demandará al menos, texto para editar un libro.
La crónica de la logística actual es la de un sistema que ha aprendido a recibir golpes, pero que se está quedando sin aire (en términos boxísticos esto quiere decir sin piernas para seguir resistiendo embates). No se puede pedir "flexibilidad" de forma infinita cuando los márgenes de ganancia se estrechan y los recursos físicos son finitos.
El diagnóstico es claro; La logística no necesita más parches de resiliencia; necesita una reestructuración profunda. El mundo ya no puede pretender que los productos crucen el globo terráqueo en tiempo récord mientras el planeta y las infraestructuras piden un respiro. Llegamos a un punto donde la adaptación constante ha dejado de ser una virtud competitiva para convertirse en un síntoma de un sistema que, simplemente, ya no da más.
Si la adaptación constante ya no es suficiente, es momento de cambiar la estructura del juego. Aquí algunas “carreteras” de escape:
Regionalización (Nearshoring): Dejar de depender de fábricas a 15.000 kilómetros de distancia. Acortar la cadena de suministro no es solo una medida de eficiencia, es una medida de supervivencia. Menos tiempo en el mar significa menos exposición a las crisis globales.
Micro-Hubs Urbanos y Logística Colaborativa: En lugar de furgonetas cruzando la ciudad entera, la solución apunta a centros de micro-distribución hiperlocales; como:
IA Predictiva, no Reactiva: La resiliencia suele ser reactiva (aguantar el impacto). La solución es la “presciencia”. Utilizar modelos de Inteligencia Artificial que no solo reaccionen a un puerto cerrado, sino que predigan la saturación con semanas de antelación, permitiendo desviar rutas antes que el barco zarpe (PLO-OMCPL).
La Descarbonización como Eficiencia: No es solo por el planeta, es por el bolsillo. La transición a vehículos eléctricos de reparto y combustibles marítimos alternativos reduce la dependencia de la volatilidad del petróleo, otorgando una estabilidad que la resiliencia manual jamás podrá dar.
El sistema logístico no necesita más "parches" de adaptabilidad; necesita una reingeniería profunda.
La resiliencia tiene un límite elástico, y el mundo ya ha llegado a él. El futuro no será de quienes más aguanten, sino de quienes diseñen cadenas tan cortas y transparentes que la palabra "crisis deje de ser su estado natural°. Reps.
Redacción por dataPORTUARIA
Fuente: Ricardo E. Partal Silva - Presidente Organización Mundial de Ciudades y Plataformas Logísticas (OMCPL) - Presidente Observatorio Mundial de Logística Preventiva (PLO) - CEO Integración Empresarial por los Corredores Bioceánicos