En un contexto donde la producción agrícola busca mayor eficiencia y nuevos mercados, las oleaginosas invernales comienzan a consolidarse como una alternativa estratégica dentro de los sistemas productivos argentinos. Cultivos como la carinata, la camelina y la colza ya no se limitan a nichos específicos: su expansión responde a una combinación de factores agronómicos, económicos y energéticos.
Según analizan Giuliana Dellamaggiore, Bruno Ferrari, Emilce Terré y Julio Calzada en un informe reciente , el crecimiento de estas especies está directamente vinculado con la necesidad de intensificar los esquemas productivos y, al mismo tiempo, responder a la creciente demanda global de materias primas sostenibles.
Uno de los principales aportes de estos cultivos es su capacidad para ocupar el barbecho invernal, una superficie significativa en distintas regiones del país. En lugar de períodos improductivos, estas oleaginosas permiten generar ingresos adicionales y mejorar indicadores agronómicos, como la captura de carbono y la estructura del suelo.
En términos técnicos, presentan ventajas relevantes. Su sistema radicular favorece la descompactación y la infiltración de agua, mientras que su aporte de biomasa contribuye a mejorar el balance de carbono. A esto se suma su capacidad para competir con malezas, un aspecto clave en zonas con resistencia a herbicidas.
Pero el verdadero diferencial está en el mercado. La demanda de aceites con certificación ambiental crece al ritmo de la transición energética global. En ese marco, estos cultivos se posicionan como insumos para biocombustibles avanzados, como el HVO (aceite vegetal hidrotratado) y el SAF (combustible sostenible de aviación), un segmento que concentra inversiones a escala global.

Fuente: Bolsa de Comercio de Rosario
Actualmente, existen cientos de proyectos de desarrollo de SAF en el mundo, con una fuerte concentración en Estados Unidos y Europa, lo que anticipa una demanda estructural creciente de materias primas con baja huella de carbono. Argentina, con disponibilidad de superficie y experiencia en producción agrícola, aparece bien posicionada para insertarse en ese mercado.
El crecimiento ya se refleja en los números. La superficie implantada con oleaginosas invernales pasó de niveles marginales a cerca de 170.000 hectáreas en los últimos años, con una fuerte aceleración reciente. Entre Ríos, Buenos Aires y Santa Fe concentran buena parte del desarrollo, con comportamientos diferenciados según cultivo y condiciones agroecológicas.
En paralelo, el avance tecnológico acompaña esta expansión. El desarrollo genético muestra una dinámica creciente, con una fuerte participación del sector privado y un aumento significativo en el registro de nuevos cultivares en los últimos años.
Sin embargo, el proceso aún enfrenta desafíos. La escala productiva, la continuidad de la oferta y la necesidad de cumplir con estándares de certificación internacional aparecen como condiciones clave para consolidar estos cultivos dentro de cadenas globales de valor.

Fuente: Bolsa de Comercio de Rosario
También persisten retos agronómicos, especialmente en la etapa de implantación y adaptación a distintos ambientes. En ese sentido, la articulación entree investigación pública, desarrollo privado y transferencia tecnológica resulta central para acelerar la adopción.
Más allá de su rentabilidad directa, estos cultivos empiezan a ser evaluados como parte de un sistema más amplio. Integrados en la rotación, pueden mejorar el desempeño del cultivo siguiente y aportar estabilidad al esquema productivo.
En ese marco, el desarrollo de estas oleaginosas no solo responde a una lógica agronómica, sino también a una oportunidad estratégica. La convergencia entre producción agrícola y demanda energética abre un nuevo capítulo para el agro argentino, donde la capacidad de generar materias primas sustentables será un factor diferencial.
Redacción por dataPORTUARIA
Fuente: Bolsa de Comercio de Rosario