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El infierno del monte Longdon

Por Agustín Barletti (*)

En noviembre de 2014, tuve la dicha de unir a nado las dos islas Malvinas por el estrecho de San Carlos. La travesía demandó algo más de dos horas con el agua a dos grados de temperatura. Esta aventura fue luego relatada en el libro “Malvinas entre brazadas y memorias”.

La experiencia demostró en mi caso que la natación fue solo un vehículo que posibilitó conocer de cerca y amar aún más la gesta de Malvinas y a cada uno de los héroes que entregaron sus vidas a la patria.  En la semana que permanecí en Malvinas, pude conocer de primera mano varias historias de este conflicto bélico que nos marcó a fuego para siempre.

Todo se produjo de casualidad y terminó siendo una vivencia que quedará impresa con fuego y sangre en mi alma. Llegaba esa mañana al hotel Malvina House para conectarme con el mundo exterior vía Internet.  Al ingresar, un micro turístico estacionado en la puerta aguardaba a un grupo de veteranos de guerra de San Luis.  A ellos me sumé justo cuando estaban saliendo y por eso pude participar de la excursión. De haber llegado diez minutos más tarde al hotel, hubiese perdido la posibilidad de pisar el monte Longdon, donde se llevó a cabo la última guerra de trincheras del Siglo XX. En esa sola batalla cayeron 728 combatientes y fueron heridos 167 entre ambos bandos.

Luego de unos pocos kilómetros por una ruta de ripio apareció la silueta del Longdon. A su lado el monte Dos Hermanas marcaba en el cielo el dibujo de dos gigantes tetillas.

Fotografía: Guillermo Luder

La única forma de recorrerlo es a pie. El ómnibus nos dejó en la base y al descender del vehículo sentimos un frio polar que se fue incrementando en la medida que ganábamos la cima. El azul del cielo dio lugar a grandes nubarrones y una nieve fina y blanca como el talco comenzó a calar hasta los huesos. Era pleno noviembre, a punto de ingresar al verano y el primer pensamiento fue imaginar a los combatientes durante las 20 horas que duró la batalla del 11 al 12 de junio de 1982.

––Hacía semanas que estábamos dentro de las trincheras con agua hasta los tobillos. Después del tercer o cuarto día, el agua ya parecía tibia–– confesó uno de los puntanos sobrevivientes de la batalla.

Los registros de esa noche, según el soldado inglés Nick Rose del pelotón 6, reflejaban una sensación térmica de – 4ºC.

Como sucediera en la mayoría de los combates, los británicos superaban en una relación de 2 a 1 a las fuerzas argentinas. De nuestro lado, peleaba la compañía B del 7mo Regimiento de Infantería (RI 7) “Coronel Conde”, la 1ra sección de la compañía de Ingenieros Mecanizada 10, y una sección con seis ametralladoras 12,7 mm de Infantería de Marina. En frente, los británicos con el tercer batallón del Regimiento de Paracaidistas (3 PARA), el Regimiento Comando 29 de la Artillería Real y el segundo batallón del Regimiento de Paracaidistas (2 PARA) como reserva. A esto se sumaba el apoyo naval desde la Fragata Tipo 21 HMS Avenger que no cesó de vomitar fuego desde sus cañones.

La paz de ese páramo montañoso aturdía. El ascenso para alcanzar las posiciones de defensa argentinas fue entre rocas blancas y afiladas que contrastaban con una tierra negra como el carbón.

Uno de los veteranos rompió en llanto al reconocer su sitio de combate. El cañón, de notables dimensiones, se encontraba en el mismo sitio de la batalla, arrumbado por el correr del tiempo. Alrededor, vainas de balas, hebillas de cinturones y otros enceres testimoniaban la sombría pesadilla.

Fotografía: Guillermo Luder

El plan de batalla de los británicos consistía en sorprender al enemigo avanzando lo más cerca posible de su posición cubiertos por la oscuridad de la noche, y atacarlos en sus trincheras con bayoneta calada. La sigilosa maniobra comenzó bajo una luna casi llena cerca de las nueve de la noche del 11 de junio hasta que el cabo británico Brian Milne pisó una mina antipersonal que le arrancó una pierna. La detonación puso en alerta a las tropas argentinas y a partir de allí todo fue fuego y confusión. Sin pensarlo dos veces, el soldado Jason Burt evadiendo la balacera argentina, llegó hasta donde estaba el compañero herido y le inyectó su morfina. Cuando minutos más tarde comprobó que el dolor no cedía, arrancó su propia syrette de morfina que llevaba colgando del cuello y le aplicó una segunda dosis. La batalla recién comenzaba y pintaba compleja, fue muy valiente Burt al brindarle su morfina al camarada en desgracia sin saber si minutos después no debería ser usada para él.

Del otro lado, el sargento primero Enfermero Rolando Mario Spizuoco recorría las posiciones para atender y evacuar heridos bajo el fuego enemigo y evidente riesgo de vida. Esto le valió la Medalla La Nación Argentina al Valor en Combate.

––Habíamos enterrado 1.500 minas en el sector oeste de Monte Longdon, pero lamentablemente solo explotaron dos. Después nos enteramos que el resto falló porque estaban congeladas. Otro hubiese sido el cuento de haber funcionado–– contó uno de los veteranos puntanos que participó en esa siembra de explosivos.

Seguimos ascendiendo hasta toparnos con una vieja ametralladora todavía camuflada por una red cubierta de hojas secas. La cueva en la piedra protegía a los operadores del mortífero armamento. Quien sabe cuántos británicos perecieron bajo el fuego de esa arma en manos de los Infantes de Marina.

Fotografía: Guillermo Luder

–– El 6to Pelotón del teniente Jonathan Shaw capturó esta posición luego de tres horas de lucha cuerpo a cuerpo con una docena de conscriptos argentinos. No quedaban municiones ni reservas de hombres de nuestro lado para soportar una última resistencia. Ante la crítica realidad, cerca de las 6.30, el mayor Carrizo Salvadores ordenó replegarse a los 78 hombres de la Compañía B que le quedaban desde el monte Longdon hacia Wireless Ridge.

Durante esa noche también morirían los únicos civiles caídos en el conflicto, tres mujeres isleñas de Puerto Argentino cuya vivienda fue destrozada por un obús británico disparado desde una fragata.

La suerte estaba echada. El 14 de junio ya estaban los ingleses en Puerto Argentino y el general Mario Benjamín Menéndez se comunicó con Galtieri para explicarle la situación, que se iban a producir más bajas y que consideraba que no eran necesarias más muertes. Como Galtieri le ordenó aguantar hasta el final, Menéndez tomó la decisión de rendirse por cuenta propia. A un minuto de culminar el 14 de junio firmó el acta de alto el fuego y retiro de tropas con su par británico Jeremy Moore y así salvó entre 500 a 1.000 vidas más.

Están los héroes que quedaron en las islas, pero también los que volvieron. Tenemos héroes caminando entre nosotros y es nuestra obligación honrarlos cada segundo.

Desde que regresé de Malvinas siempre digo a quien tenga la dicha de estar cerca de un Veterano de Guerra de Malvinas, que lo abrace fuerte. Es lo más cerca que estará de abrazar a la patria.

(*) Escritor y periodista. Autor del libro “Malvinas entre brazadas y memorias”

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