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Cómo fue el desembarco argentino en Malvinas

Agustín Barletti (*)

Hoy se cumplen 40 años de la gesta de Malvinas. A cada uno de los combatientes la guerra lo afectó de manera diferente; no hay dos casos idénticos. Pude comprobar este postulado durante los días que pasé en Puerto Argentino junto a un grupo de Veteranos de Guerra que retornaba a las islas por vez primera luego de la guerra. El caso que más me impactó fue el de uno de ellos que había formado parte del histórico desembarco del 2 de abril de 1982. Solo había estado unas horas en las islas, puesto que las fuerzas participantes de la reconquista fueron casi de inmediato devueltas al continente.

—Vi el ataúd, pasó a mi lado. Ahí supe que durante el operativo había muerto un compatriota y que si la guerra continuaba habría muchísimas bajas más —me comentó entre sollozos. Abrazarlo fue la única forma que encontré para consolarlo y, al hacerlo, sentía que abrazaba a un pedazo grande de mi patria.

Fotografía: Guillermo Luder

Con su mirada perdida en el tiempo, este hombre noble y bonachón había sido testigo del izado de la bandera celeste y blanca en Puerto Argentino aquella madrugada de abril. El operativo pasó a la historia como un ejemplo de acción militar conjunta, que no causó bajas al enemigo y que consiguió que las tropas británicas se entregaran sin siquiera combatir. Del mismo participaron efectivos de la Flota de Mar, de la Aviación Naval, del 2° Batallón de Infantería de Marina de la Armada Argentina, del Regimiento de Infantería 25 del Ejército Argentino y aviones C-130 Hércules de la Fuerza Aérea Argentina, bajo el mando del Almirante Carlos Büsser.

La noche caía aquel 1 de abril cuando el submarino ARA Santa Fe, en superficie, desembarcó una decena de buzos tácticos en las proximidades de Cabo San Felipe, el punto más oriental de la isla Soledad, con la misión de controlar que las playas elegidas para el desembarco estuvieran despejadas. Los comandos utilizaron canoas y botes de goma con remos, en una sigilosa y, a la vez, riesgosa navegación de varias millas, y luego de una primera observación comprobaron movimientos sospechosos, tras lo cual se retiraron sin ser vistos por los royal marines. La corazonada era cierta: al día siguiente se comprobó la existencia de posiciones del enemigo, el cambio de playa recomendado había evitado un gran número de muertes.

No había concluido el 1 de abril cuando el cabo principal Carlos Cequeira, de 27 años, logró ser el primero que hizo pie firme en Puerto Enriqueta. El objetivo de su comando era adelantarse a las unidades de tareas y asegurar la cabecera de playa para permitir un seguro desembarco de las tropas, situación que ocurrió cerca de la 1 am del 2 de abril. Una vez en tierra, la fuerza se dividió en dos patrullas: una se dirigió a tomar el cuartel de los royal marines en Moody Brook y la otra, al mando del capitán Pedro Edgardo Giacchino, la Casa de Gobierno.

Con el despuntar del amanecer, el destructor Santísima Trinidad y la corbeta Granville ocuparon sus posiciones para dar apoyo de fuego al asalto anfibio. Mientras tanto, el Cabo San Antonio, escoltado por el destructor Hércules y la corbeta Drummond, ingresaban a Puerto Groussac, al norte de Puerto Argentino. A las 6.15 comenzó el desembarco de los vehículos anfibios a oruga (VAO’S) repletos de infantes de marina del BIM 2 y del Batallón de Artillería de Campaña. Ellos debían tomar el aeropuerto con el apoyo de fuerzas helitransportadas del Regimiento de Infantería 25, desde el rompehielos Almirante Irizar, limpiar los obstáculos de la pista y habilitar a partir de las 8.30 el aterrizaje los Hércules C-130 de la Fuerza Aérea con el grueso de las tropas del Regimiento de Infantería 25.

“Señor, solo dos cosas te pido: la victoria y el regreso… Pero si solo una has de concederme, ¡que sea la victoria!” Este lema, de la Agrupación de Buzos Tácticos, estaba bordado en el uniforme del capitán Giachino. En su interior algo le decía que no festejaría la reconquista de las islas. El suboficial mayor buzo táctico (RE) Pedro C. López, que estuvo a sus órdenes, contó que la noche anterior al desembarco el capitán Giachino se lamentó de que no hubiera una cámara de fotos para registrar la “última cena” y, además, le pidió que “abriese bien los ojos” porque esa sería la primera vez que estarían en combate real, y los que volvieran deberían transmitir la experiencia. El oficial prefirió decir “los que vuelvan”, en tercera persona, en vez de “si volvemos”, como si se hubiese resignado a caer durante la reconquista.

Fotografía: Guillermo Luder

Esa madrugada, mientras el comando intentaba tomar la casa del gobernador, Giachino recibió un disparo en la ingle derecha. A su lado, el teniente Diego García Quiroga fue sacudido con una ráfaga que impactó en el brazo izquierdo y el tórax. Sin embargo, para su enorme fortuna, la bala que logró sortear el chaleco antibalas y se dirigió a su ingle se desvió gracias a la navaja que llevaba en un estuche de cuero, lo que le salvó la vida.

Con sus últimas fuerzas, Giachino llamó al enfermero, el cabo Ernesto Urbina, quien al tratar de acercarse fue también herido por el fuego enemigo. El oficial junto a su tropa había desembarcado a la medianoche y marchó durante seis horas desde la costa a Puerto Argentino con un equipo completo y mochilas de 30 kilos. Desde el suelo y moribundo, alcanzó a extraer una granada y con ella intimó a las tropas inglesas a rendirse. Recién a las 9.15 de la mañana el gobernador británico hizo ondear la bandera blanca, pero ya habían pasado tres horas, demasiado para un herido de la gravedad de Giachino, que no alcanzó a llegar con vida al hospital de Puerto Argentino.

El de este bravo oficial sería el ataúd que con espanto vería el soldado puntano.

(*) Escritor y periodista. Autor del libro “Malvinas entre brazadas y memorias”.

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